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El duelo

Todo ha ocurrido demasiado deprisa y yo necesito respuestas. No sé muy bien qué ocurrirá cuando llame a aquella puerta y me enfrente a alguien que no conozco. No sé muy bien si realmente mi coartada va a resultar verosímil o si, pese a todo, quien quiera que me abra querrá hablar conmigo. Igualmente, voy a hacerlo. 

Llamo a la puerta y espero. Puedo escuchar cómo unos pies se arrastran lastimosamente hasta que, finalmente, se detienen y aparece ante mí un hombre. Nos miramos en silencio durante unos instantes. Dudo en qué debería decirle, pese a que había pensado todo un discurso en casa. Nada vale. El hombre me mira con unos ojos vacíos, como si yo no estuviese. Tiene el pelo, rubio ceniza, alborotado y bajo sus pestañas se dibuja una sombra que contrasta con el azul de sus ojos. Sus labios agrietados arañan el aire que se escapa de su boca y que me envuelve en una atmósfera de vodka. Pienso en marcharme. Sin embargo, justo cuando va a cerrar la puerta porque aún no he sido capaz de formular una palabra, se hace el sonido. 

-Disculpe - de repente, sus ojos responden al estímulo de mi voz- quisiera hablar con usted de la señorita Friedrich. 

Me miró y, sin decir una palabra, cerró la puerta. 

Cada día, durante las dos semanas que siguieron a aquel episodio, repetí la misma rutina, con idéntico resultado hasta que, hoy, finalmente abre la puerta y se adentra en la casa. Dudo un instante, presa de la confusión y la sorpresa, pero entro. Todas las persianas están medio bajadas, por lo que la única luz que hay es la de unos enfermizos rayos de sol que penetran entre los orificios de las persianas. Al final del pasillo, el hombre está sentado esperándome. 

- Ella odiaba la luz intensa - me sobresalto al escuchar su voz ronca. 

Sopeso la opción de sentarme junto a un pequeño conejo gris que dormita en el sofá o quedarme de pie. Las piernas comienzan a temblarme levemente por los nervios, por lo que me siento. Mi peludo compañero levanta la vista hacia mí y, tras desperezarse, se acomoda en mis rodillas para volver a dormir. Sin duda, es el pequeño Fiera al que ella adora. 

-¿Por qué quieres hablar de ella? ¿Qué sabes?

- Quisiera encontrarla. Soy alumno suyo- aprovecho que mi cara no refleja mi edad para que él no descubra quién soy realmente, porque si lo hiciera, no tendría ninguna oportunidad de volver a verla. 

- No sé dónde está - su voz suena agresiva, amenazante- si lo supiera, estaría con ella- añade en un susurro. 

Con cada minuto que pasa, me siento más desanimado y me arrepiento de haber ido allí. Donde quiera que mire hay botellas vacías y ceniceros llenos. Estoy ante un hombre destrozado y me siento un miserable.

- A ella le encantaba coger a ese conejo y pasar las horas acariciándolo -comienza a decir mirando a ninguna parte-. Siempre tuve miedo de que me desplazase por él e, irónicamente, nos ha abandonado a los dos. Me encantaba y me asustaba a partes iguales su amor por todo, la forma en la que conseguía otorgar una luz que no tenía para sí misma a todo. No me malinterpretes, no quiero sonar cursi. Sin duda, lo que más me gustaba era su culo, ese enorme culo del que tanto renegaba pero, sin embargo, ahora lo que echo de menos es su forma de amarnos a esa bola de pelo y a mí, de cuidarnos. ¿Alguna vez te han abandonado, chaval? 

Pienso en lo irónico de su pregunta y tengo tentación de confesarlo todo. Solo consigo decir en un murmullo: 

- Sí. 

- No responde a mis llamadas, ni a mis mensajes, ni a mis correos... Ha desaparecido dejando únicamente al conejo y una nota con un 'No me busques'. Nunca se le dio bien expresar sus sentimientos. Nunca conseguía expresar todo lo que llevaba dentro, pese a llenar libretas enteras con la palabras. Ella fue la primera persona a la que vi llorar por llenar una libreta con palabras inútiles. 

- ¿Por qué no la busca? Si tanto la extraña, ¿por qué no vas tras ella?- comienzo a perder mi papel. 

Soy un cobarde por no hacerme yo la misma pregunta. Estoy seguro de que ella se ha ido por mi culpa y, aún así, no soy capaz de buscarla. No soy capaz de encontrarla y pedirle que vuelva. Este hombre que está frente a mí, el conejo y yo hemos sido abandonados por esa ninfa y, sin embargo, ninguno de los tres hacemos nada. Sin ella ya no somos nada. Fuimos cegados por su luz, y ahora vagamos en su mundo de sombras. Ella nos ha convertido en nada porque no ha podido soportarlo todo. El temblor de mis piernas aumenta. El conejo salta de mi regazo y se marcha. Me levanto yo también y hago amago de marcharme antes de que caiga la primera de mis lágrimas. El hombre me toma del brazo y me retiene. 

- Tú no eres un alumno - afirma, mirándome a los ojos, escudriñándome- Tú también la amas. 

Salgo corriendo. 

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