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A media noche

Recuerdo que acababa de salir del quirófano tras estar demasiadas horas luchando por la vida de alguien que no quería vivirla y entonces la ví sentada en la sala de espera, con los ojos verdes bañados por una cristalina capa de lágrimas fijos en el techo. Su nariz era demasiado grande para su carita, al igual que sus ojos y sus labios carnosos, y tenía un tono rojizo que en otras personas hubiese supuesto un aspecto cómico pero en ella no era así... Me quedé mirándola fíjamente solo un segundo, pero fue un segundo de esos eternos en el que reparé en los pequeños destellos dorados que surgían, como niños que juegan al escondite, de las puntas de su cabello caoba, en el temblor de sus manos, en la irregularidad de su respiración, como si el aire arañase sus labios y desgarrase sus entrañas para poder entrar y salir de su pecho.
En aquel entonces no me gustaba el trato con los pacientes más allá de la mesa de operaciones, tenía muy claro que no debía implicarme emocionalmente con nadie más allá de un par de copas en la barra de algún bar de mala muerte y de un beso que jamás se repitiese pero esos ojos... no sé qué vi en esos ojos verdes como la hierbabuena que no pude evitar acercarme. Cuando escuchó mis pasos dirigiéndose hacia ella, clavó su mirada en mí y pude observarlos en todo su esplendor, llenos de rabia, de miedo, de melancolía y de dolor.
-Disculpe, señorita, ¿puedo ayudarla en algo? ¿se encuentra bien?
Me sentí estúpido por primera vez en mi vida, totalmente desarmado por una criatura indefensa.
-Aléjese, no creo que pueda arreglar un corazón roto.
Antes de que pudiese responder nada se levantó y se alejó de mí, salió corriendo como alma que se lleva el diablo y, cuando la ví de nuevo, ya era demasiado tarde. Ya no había brillo en sus ojos verdes, ni ese color sonrosado en su nariz. Ya no escapa el aire de sus labios, ya nunca podría volcar su miedo sobre mí.