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El duelo

Todo ha ocurrido demasiado deprisa y yo necesito respuestas. No sé muy bien qué ocurrirá cuando llame a aquella puerta y me enfrente a alguien que no conozco. No sé muy bien si realmente mi coartada va a resultar verosímil o si, pese a todo, quien quiera que me abra querrá hablar conmigo. Igualmente, voy a hacerlo. 

Llamo a la puerta y espero. Puedo escuchar cómo unos pies se arrastran lastimosamente hasta que, finalmente, se detienen y aparece ante mí un hombre. Nos miramos en silencio durante unos instantes. Dudo en qué debería decirle, pese a que había pensado todo un discurso en casa. Nada vale. El hombre me mira con unos ojos vacíos, como si yo no estuviese. Tiene el pelo, rubio ceniza, alborotado y bajo sus pestañas se dibuja una sombra que contrasta con el azul de sus ojos. Sus labios agrietados arañan el aire que se escapa de su boca y que me envuelve en una atmósfera de vodka. Pienso en marcharme. Sin embargo, justo cuando va a cerrar la puerta porque aún no he sido capaz de formular una palabra, se hace el sonido. 

-Disculpe - de repente, sus ojos responden al estímulo de mi voz- quisiera hablar con usted de la señorita Friedrich. 

Me miró y, sin decir una palabra, cerró la puerta. 

Cada día, durante las dos semanas que siguieron a aquel episodio, repetí la misma rutina, con idéntico resultado hasta que, hoy, finalmente abre la puerta y se adentra en la casa. Dudo un instante, presa de la confusión y la sorpresa, pero entro. Todas las persianas están medio bajadas, por lo que la única luz que hay es la de unos enfermizos rayos de sol que penetran entre los orificios de las persianas. Al final del pasillo, el hombre está sentado esperándome. 

- Ella odiaba la luz intensa - me sobresalto al escuchar su voz ronca. 

Sopeso la opción de sentarme junto a un pequeño conejo gris que dormita en el sofá o quedarme de pie. Las piernas comienzan a temblarme levemente por los nervios, por lo que me siento. Mi peludo compañero levanta la vista hacia mí y, tras desperezarse, se acomoda en mis rodillas para volver a dormir. Sin duda, es el pequeño Fiera al que ella adora. 

-¿Por qué quieres hablar de ella? ¿Qué sabes?

- Quisiera encontrarla. Soy alumno suyo- aprovecho que mi cara no refleja mi edad para que él no descubra quién soy realmente, porque si lo hiciera, no tendría ninguna oportunidad de volver a verla. 

- No sé dónde está - su voz suena agresiva, amenazante- si lo supiera, estaría con ella- añade en un susurro. 

Con cada minuto que pasa, me siento más desanimado y me arrepiento de haber ido allí. Donde quiera que mire hay botellas vacías y ceniceros llenos. Estoy ante un hombre destrozado y me siento un miserable.

- A ella le encantaba coger a ese conejo y pasar las horas acariciándolo -comienza a decir mirando a ninguna parte-. Siempre tuve miedo de que me desplazase por él e, irónicamente, nos ha abandonado a los dos. Me encantaba y me asustaba a partes iguales su amor por todo, la forma en la que conseguía otorgar una luz que no tenía para sí misma a todo. No me malinterpretes, no quiero sonar cursi. Sin duda, lo que más me gustaba era su culo, ese enorme culo del que tanto renegaba pero, sin embargo, ahora lo que echo de menos es su forma de amarnos a esa bola de pelo y a mí, de cuidarnos. ¿Alguna vez te han abandonado, chaval? 

Pienso en lo irónico de su pregunta y tengo tentación de confesarlo todo. Solo consigo decir en un murmullo: 

- Sí. 

- No responde a mis llamadas, ni a mis mensajes, ni a mis correos... Ha desaparecido dejando únicamente al conejo y una nota con un 'No me busques'. Nunca se le dio bien expresar sus sentimientos. Nunca conseguía expresar todo lo que llevaba dentro, pese a llenar libretas enteras con la palabras. Ella fue la primera persona a la que vi llorar por llenar una libreta con palabras inútiles. 

- ¿Por qué no la busca? Si tanto la extraña, ¿por qué no vas tras ella?- comienzo a perder mi papel. 

Soy un cobarde por no hacerme yo la misma pregunta. Estoy seguro de que ella se ha ido por mi culpa y, aún así, no soy capaz de buscarla. No soy capaz de encontrarla y pedirle que vuelva. Este hombre que está frente a mí, el conejo y yo hemos sido abandonados por esa ninfa y, sin embargo, ninguno de los tres hacemos nada. Sin ella ya no somos nada. Fuimos cegados por su luz, y ahora vagamos en su mundo de sombras. Ella nos ha convertido en nada porque no ha podido soportarlo todo. El temblor de mis piernas aumenta. El conejo salta de mi regazo y se marcha. Me levanto yo también y hago amago de marcharme antes de que caiga la primera de mis lágrimas. El hombre me toma del brazo y me retiene. 

- Tú no eres un alumno - afirma, mirándome a los ojos, escudriñándome- Tú también la amas. 

Salgo corriendo. 

Recuerdo de la monotonía

Cuando me cansé de jugar con aquel capricho, sentí su ausencia. Me di cuenta de que con las prisas de echarla de mi cama, no me había puesto a echarla de mi mente. Ella se había quedado allí, silenciosa... igual de silenciosa que cuando se ponía a leer un libro entre mis piernas mientras yo veía el partido. Se quedaba completamente quieta, como si la muerte ya la hubiese rozado con sus labios helados, a excepción de sus ojos verdes, que nadaban entre las palabras de aquellas páginas de segunda mano. Quizá debí regalarle algún libro nuevo de vez en cuando.
Cada mañana, cuando me despierto, veo las pegatinas que puso en mi estantería, con paisajes de los lugares a los que queríamos ir. ¿Cuándo dejó de gustarme escucharla divagar sobre cosas que sabíamos que nunca podríamos hacer? Solía tirarme horas escuchándola embobado, soñando con ella... pero poco a poco comenzó a molestarme, con solo escuchar una sola palabra suya, me enfadaba y le gritaba que callase. Ella solo me miraba y me pedía perdón. Quizá no debería haberle gritado, debería haberle explicado mi frustración.
Ella siempre estuvo a mi lado las noches que no podía dormir, las mañanas que me daba miedo salir, las tardes en las que lo odiaba todo... Siempre fue el objetivo de todos mis enfados, la que aguantaba toda mi cólera con cariño. Me sacaba de quicio que se quedase quieta, mirando cómo le gritaba y destrozaba sus cosas, sin decirme nada, con sus ojos sujetando cada una de las lágrimas que luchaban por salir. Quizá si ella hubiese chillado también, si me hubiese parado... yo habría descubierto entonces lo que ahora sé: no me tenía miedo, solo quería que me desahogase y me refugiase en ella.
Ahora, cada vez que me enfado conmigo mismo, como entonces, la extraño. Cada vez que necesito un abrazo, un beso, una sonrisa... la extraño. Por la mañana, cuando solo me espera la botella de vodka en el cuarto, la extraño. Quiero volver a ver su sonrisa, que alegra a todo aquel que la rodea; quiero escucharla cantar y decirle que lo hace fatal mientras la abrazo y me río. ¿Cuándo dejó de importarme su sonrisa? ¿Cuándo empecé a ignorar su sonrisa para empezar a soportar los desaires de la que solo fue un capricho?
Quiero volver a verla y decirle que aunque no me había dado cuenta, aún la amo.

La ventisca

No recuerdo la última vez que salió el sol. Creo que la última vez que sentí sus rayos calentar mi piel fue cuando apenas tenía seis años y mi padre me había llevado al bosque a buscar gamusinos. Corrí de un lado para otro, saltando entre las enormes ramas de los árboles mientras los rayos de sol se filtraban entre las hojas y él me gritaba que tenía que ser más rápida. Lo único que recuerdo de aquel día es esa sensación de calidez y su risa, entrecortando su voz que me avisaba cada vez que veía a uno de aquellos seres. Pero, al igual que los gamusinos, ahora el sol se ha convertido en un animalillo imaginario del que se le habla a los niños para despertar su imaginación. Ya han pasado muchos años de aquello y lo único que se puede ver en el cielo son esas horribles nubes negras de las que caen copos de nieve constantemente. Durante el día, son copos claros que caen muy lentamente, como queriendo acariciar nuestras cabezitas, tal y como lo hacía mi madre cuando me daba las buenas noches, antes de que nuestra relación se hiciese inexistente. Ahora solo nos gritamos y nos detestamos la una a la otra. Desde que papá murió, ya no me mira con ese brillo que antes llenaba sus ojos, solo me odia y me culpa de que él ya no esté con nosotras. 

Al principio, todo el mundo pensaba que las nevadas eran tardías por culpa del calentamiento global, pero que, a fin de cuentas, tampoco era tan raro que nevase a finales de marzo. Sin embargo, al llegar julio seguía nevando y nadie podía explicar el por qué. Todos mirábamos al cielo esperando que el frío fuese desplazado por el calor y que el sol hiciese su aparición entre los nubarrones. Aún continuamos mirando y lanzando suspiros al cielo para que eso ocurra. Al llegar septiembre, las nevadas comenzaron a hacerse más intensas por las noches. Al llegar las seis de la tarde, misteriosas espirales de aire y granizo penetraban en diversas casas y hacían desaparecer a todo aquel que anduviese por la calle y a quienes estuviesen en ellas. La primera noche, el número de habitantes de nuestro pueblo se redujo a la mitad. Nunca supimos qué pasaba con los cuerpos, qué pasaba con aquellas personas que no dejaban ningún rastro tras de sí, simplemente no las volvíamos a ver.

Rápidamente, el pánico inundó cada rincón, comenzaron a imponerse toques de queda, a buscar explicaciones a lo inexplicable. Muchos lo achacaron a un castigo divino, el apocalipsis que Dios nos enviaba para castigarnos por nuestros pecados. Otros, a una reacción de la tierra ante la contaminación, un modo de defenderse ante la insensibilidad del hombre que no cuida su propio hábitat. Comenzaron a fortificarse las casas, instalando pesadas contraventanas de hierro, cerrando cualquier abertura por la que pudiese entrar un suspiro de aire, tapando toda ventilación posible antes de que la ventisca penetrase en nuestros hogares. A las cinco y media ya las calles adquirían un aspecto fantasmal, hasta las 6 de la mañana del día siguiente. Todas las noches terminaba encerrada con ella en aquella espantosa casa, escuchando sus gritos de rencor hacia mí mientras se abrazaba a la botella de ginebra, recogiendo los cristales rotos cuando me arrojaba la botella ya vacía a la cabeza. Pero ya no lo soporto más. 

Espero a que se quede dormida. Escucho sus ronquidos y, antes de que comience de nuevo el caos, me escabullo por la puerta de atrás y me dirijo a casa de Rai. Aún faltan diez minutos para las seis. Me enciendo el cigarrillo mientras aprieto el paso. Siento que hoy hace aún más frío que de costumbre. No hay nadie a mi alrededor, solo se escucha el sonido del viento que comienza a enfurecerse y el rugir de la nieve bajo mis botas desgastadas. Al llegar a la casa, abro la puerta de atrás, a la que Rai le ha quitado los refuerzos de metal y me cuelo sin que sus padres puedan oírme. Se escucha de fondo la repetición del programa Gran Prix, supongo que lo emiten para recordarnos que hacía años existía algo completamente distinto a este infierno helado, algo a lo que llamábamos verano. Subo las escaleras silenciosamente y entro en la habitación de Rai. Está tirado en la cama, mirando al techo. Sin decirme nada, me mira. Me tiro encima de él y siento cómo me abraza. Comienza a desnudarme y a besarme. Sus manos me recorren completamente y le dan calor a toda mi piel erizada. Solo puedo sentir su tacto mientras se escucha el programa de fondo junto a las risas de sus padres. Sigue besándome, atrapándome con ese sabor suyo a tabaco, y, de pronto, me coje la cara entre sus manos y me mira fíjamente a los ojos. Me tapa la boca y se queda escuchando atentamente. No se oye nada. No se escuchan las risas roncas de sus padres, los aplausos del público del programa, la voz del presentador... 
Siento que algo golpea violentamente todo mi cuerpo, sacudiéndome. Ya no veo nada. Ya no huelo nada. Ya no saboreo nada. Ya no siento nada. 

La hija de Lucifer

Donde Lucifer había caído, yo venceré. Donde todos sus seguidores han caído, yo venceré. Por fin, ya no tendré que esconderme, el fin del camino estaba cerca y ya podía tocar con las puntas de mis alas aquel ansiado deseo. En apenas unos instantes, aquel tirano que se hacía llamar Dios ya no aplastaría más la voluntad de los seres racionales, no extendería su manto terrorífico sobre nosotros. En apenas unos instantes, todo habría terminado.
Vi a mi padre alzarse contra él, lo vi luchar con todas sus fuerzas por la libertad de todas las criaturas de la creación y lo vi fallar. Él fue condenado a los infiernos y yo, su pequeña prole, desterrada al purgatorio, obligada a soportar los lamentos de las almas errantes que aún no eran lo suficientemente puras para el gusto del gran Dios.Este fue tu primer fallo, señor. Tu piedad va a ser hoy el filo de la guillotina que caerá inmisericorde sobre tu cuello.
Desde aquel día, con apenas cuatro años, comencé a tramar mi rebelión, a pensar en el modo de glorificar a mi padre quien solo quería nuestra libertad, librarse de tus mandamientos y darnos a todos, a ángeles y hombres, la capacidad de poder elegir nuestro destino, de equivocarnos y aprender de nuestros errores. Hoy, tras estos largos siglos, ha llegado el momento en el que el hombre será libre. 
Cuando conseguí llegar a tu servicio no me reconociste y, sin embargo, miraste con lujuria a la que sería el fin de tus días. Yo guardo su belleza, tengo en mis ojos la luz que irradiaba de los suyos antes de que lo condenases y eso te enloqueció. Me has querido solo para ti y tu egoísmo te ha hecho refugiar entre tus brazos a quien desea tu fin. Posaste tus labios sobre los míos y me diste la llave de tu voluntad. Desde aquel momento de unión, yo goberné sobre la creación a cambio de calmar tus instintos más animales. Dios cayó ante la visión de un cuerpo desnudo, felicitándose por los dones que él había creado. Una a una fueron cayendo tus defensas hasta el día de hoy en el que me has hecho a mí la responsable de tu vida. Ahora Dios duerme sobre mis senos, se acomoda en los rincones de mi cuerpo y quizás sueña, indefenso, sin pensar en lo poco que le queda a su existencia. Duerme, pequeño gran tirano. Siente por última vez el contacto de mi fría piel, pálida como la nieve que cae en la tierra los primeros días del invierno. Huele por última vez el almizclado aroma de mi pelo azabache. Besa por última vez mis carnosos labios rojizos, esponjosos como las nubes al atardecer de una tarde de verano en aquel lugar al que los hombres llamaron paraíso terrenal. Duerme, pequeño gran tirano. Todo ha terminado. 
El sonido del viento cortante, un grito ahogado... el sueño eterno. 

Ella

Me desperté sobresaltada. Desde que había empezado a dormir sola siempre soñaba que ella intentaba matarme. Debí intentar retener a Dante para que se quedase conmigo, haber hecho fotos para que viese que ella de verdad me perseguía... debí intentar que me creyera, pero al final nada. 

Miré a mi alrededor atemorizada. Nada. Escuché atentamente. Nada. Quizá ella aún dormía en algún otro rincón de mi viejo apartamento pero no estaba segura. Era imposible estar segura de si seguía o no aquí sin saber cómo entraba y salía. Por más que cerraba todas las puertas y ventanas con los candados y pestillos, por más que revisaba que toda la casa estuviese vacía, al final siempre se colaba. La policía había dejado de venir, al igual que Dante me pedían unas pruebas que me veía incapaz de conseguir. En cualquier caso, iba a aprovechar la oportunidad para escapar. Ella se quedaría allí encerrada y yo por fin huiría de aquel calvario en el que había vivido desde hacía meses. Tendría que abandonarlo todo e irme antes de que me impidiese salir de nuevo, antes de que volviese a torturarme con aquella risa, con sus arañazos, sus mordiscos... Hoy todo iba a terminar.

Me vestí rápidamente, sin pensar en qué me ponía, y eché en mi vieja mochila todo aquello que tenía a la vista y que pensaba que me podría hacer falta.Unas cuantas braguitas, un par de camisetas, el Stilnox... De repente, escuché un portazo. Nada. Mi respiración comenzó a ralentizarse, mis manos empezaron a sudar, tenía que salir de casa cuanto antes. La cremallera de la mochila se me resbalaba por el sudor. Miré desesperada toda la habitación, ya no tardaría en aparecer, su risa se escuchaba y me taladraba los oídos. Cuando por fin pude cerrar la mochila, al levantarme la vi, parada frente al espejo, formando una mueca a modo de sonrisa con sus labios cortados y sus dientes afilados. Sentí clavarse en mí sus ojos cosidos, como si fuese capaz de mirarme con ellos. Ya no había vuelta atrás. 
Me lancé hacia ella, no podía permitir que me siguiese acosando, que me siguiese manteniendo encerrada en mi propia casa. Todo se tornó en sombras. 

Recordé la primera vez que escuché su risa, mientras me arreglaba para salir con Dante. No cesó hasta que él apareció por la puerta. Aquella noche sentí que enloquecía. Siempre me asediaba cuando estaba sola porque sabía que así nadie podría defenderme pero hoy me había defendido yo misma... Hoy todo había acabado.

Miré a mi alrededor buscándola. Nada. Escuché atentamente, esperando escuchar su risa de nuevo. Lo último que pude oír fue el sonido del espejo al romperse. Sentí frío y luego... nada.

Nada

"Serie de atentados en París terminan con la vida de más de un centenar de personas... "

Cayó la taza al suelo y estalló en mil pedazos. Ella ya sólo podía pensar en él, necesitaba oír su voz y saber que él estaba bien. Corrió hacia el teléfono, con los ojos anegados en lágrimas e intentó marcar una otra vez el número pero sus manos nerviosas. Era como si sus manos no le respondiesen, como si sus dedos fueran de otra persona y ella intentase manejarlos sin éxito... 

"¿Tienes que ir tú? Siempre llaman al mismo... Me dejas organizando la boda a mí sola"

No podía ser así. Pensó en la discusión que habían tenido justo antes de que él se marchase, pensó en los gritos que se habían lanzado el uno al otro, pensó en que se había negado a acompañarlo al aeropuerto, en que aquella mañana no se había levantado a darle un beso... Se derrumbó y cayó al suelo de rodillas... No podía ser así, tenía que poder escuchar su voz una última vez... tenía que poder decirle una última vez que era el hombre de su vida. 

"Por favor, coge el teléfono... Por favor..."

Por fin, consiguió marcar los números. Se impacientaba con cada tono del teléfono, con cada segundo que pasaba sin que el descolgase al otro lado. Nada, no contestaba. Lo volvió a intentar mientras las lágrimas le caían por cada lado de su cara, acariciando sus mejillas como unas manos que quisieran consolarla, aliviar un poco su pena. Cada tono era como un puñal que se clavaba en su alma, desgarrándola por dentro y llevándose poco a poco sus ilusiones, sus sueños... Nada. 

La primera última noche

La escuché reír y no pude soportarlo más. No podía contener ni un minuto más a las voces que gritaban dentro de mi cabeza, que me susurraban a cada instante los secretos más oscuros de mi corrompida alma, empujándome hacia la más extrema locura para sumirme en una espiral de desesperación. La deseaba, la deseaba con cada una de las fibras de mi ser, aunque sabía que a ella le resultaba repulsivo, pero yo la deseaba y allí, en mitad de la oscura noche, cómplice de mis anhelos, que nos envolvía con su negro manto y su luna burlona; allí, en mitad del bosque que nos escondía de los ojos de los curiosos que se giran al oír un grito, anhelando la desgracia ajena para empaparse de ella; allí, perdí todo el control que podía tener sobre la poca cordura que me quedaba y, finalmente, cedí a mis sueños más ocultos. 

Ella me hablaba de banalidades propias de una cabeza hermosa pero vacía. Recuerdo cómo brillaba su pelo rubio a la luz de la luna mientras caía como una cascada de oro sobre su cuello de cisne y su espalda esbelta, hasta terminar rodeando su cintura como unos dedos frágiles que la acarician. Pensé en cuántas veces la había amado en mis sueños antes de aquel instante, cuántas veces había mordido aquellos labios en mi mentes antes de finalmente besarlos. Enredé su pelo en mis dedos, sujetándolo con fuerza y tiré fuerte de él para atraerla hacia mí. Su grito desgarrando la noche fue como una bella sinfonía para mis oídos. Por fin, mordí sus labios hasta notar el sabor de su sangre por mi lengua, tan cálida... Arañé su espalda, pegándola aún más a mí y lo hice. Me fundí con ella en un solo ser mientras entre lágrimas gritaba mi nombre... Encendió aún más mis pasiones el escuchar mi nombre en sus labios de una forma tan primaria... Nunca había soñado que gritaría mi nombre pero sonaba de una forma tan mágica en sus labios... 

Las voces se callaron y miré a mi alrededor hasta que mis ojos se posaron sobre su cuerpo desnudo, temblando, tan indefenso que solo sentía ganas de abrazarlo. Sus ojos me miraban de una forma completamente nueva, como si me contemplasen por primera vez. Quería amarla cada día, era completamente mía desde ese momento ya para siempre. Sin embargo, destrozó por completo mis sentimientos, maldijo el mayor acto de amor que había podido ofrecerle y me odió. Sentí cómo la ira nacía en mí, cómo unas voces nuevas me reconfortaban y me daban la solución para terminar con ese odio... 

Me acerqué a ella, que volvía a temblar, y acaricié su cuello de cisne, puse ambas manos rodeando su cuello y me sorprendí de lo frágil que parecía. Volvió a susurrarme que me odiaba y, con ello, me dio las últimas fuerzas que me faltaban para apretar su delicado cuello, para cortar todo el aire que necesitaba. La besé, la besé en esos últimos instantes de agonía mientras ella se aferraba a mi cara. En el fondo ella también me quería, lo último que hizo fue acariciar mi cara.

El asesinato

A Ainoa


Un día más me encontraba frente a él, escuchando cómo denigraba a cada una de las mujeres que nos encontrábamos frente a él. Nos miraba con lujuria, como si fuésemos objetos a los que conquistar y poner en su repisa de trofeos, en vez de mentes inquietas, ansiosas por aprender. Mil veces me había preguntado cómo era posible que aquel hombre siguiese conservando su plaza como profesor universitario, cómo era posible que la hubiese conseguido algún día cuando había demostrado día tras día que no tenía la menor idea de la materia que debía enseñarnos. 

- Señorita Fernández, haga el favor de salir a leer

Me levanté de mi asiento de la última fila y me dirigí al estrado con resignación, asqueada por tener que estar a su lado. Situé el libro sobre el atril y comencé a leer aquel cuento que hablaba de miedo y de muerte. Cuando, de repente, noté su mano en mis nalgas, estrujándolas como si tuviese derecho para ello, como si fuese lo mejor que me podría pasar aquel día y entonces... Entonces no pude reprimir más la rabia y el odio. Cogí el volumen de las obras completas y le golpeé con él en la cara, le pegué con todas las fuerzas que mi débil cuerpo me permitía mientras le gritaba lo cerdo que era. Pateé sus partes bajas y se las pisé hasta sentir que ya no servían para nada. Todo se había teñido de rojo, solo podía sentir cómo el resentimiento se iba diluyendo en su sangre que salpicaba mi cara. Ya nunca más iba a tener que soportar sus tediosas explicaciones, su ignorancia... Las futuras oleadas de estudiantes tendrían la oportunidad de llenar sus mentes con el ansiado conocimiento. Todo se tornaba cada vez más rojo. 

- Señorita Fernández, la estamos esperando

Sentí cómo mi compañera me zarandeaba y volví a la realidad. Me levanté de mi asiento de la última fila y me dirigí al estrado con resignación. 

Al abrigo de la noche

Aquella noche la luna parecía brillar en todo su esplendor, como si las estrellas se hubiesen revestido con un traje de espejos para reflejar su luz y simular un noche diurna llena de misterio y, a su vez, de resplandor. Todo a su alrededor parecía dispuesto, sin embargo, a esconderlos de los cegados ojos del mundo para que pudieran recubrir de magia aquel momento tan suyo. Los árboles del parque habían acallado a sus pequeños habitantes que se asomaban expectantes tras las hojas ya casi marchitas, fundiéndolos con su color verdoso. Conforme se iban acercando la luna bajaba su intensidad y las juguetonas nubes arropaban a las estrellas tras su oscuro manto. 

Ambos habían llegado a la vida del otro por casualidad, por uno de esos juegos misteriosos del destino en el que, sin tener nada en común, los había reunido y los había hecho enloquecer. Ella era una muñequita herida, una niña perdida en un mar de dudas del que no era capaz de escapar. Él tenía el mundo a sus pies, dispuesto a combatir por sueños olvidados que habían invadido su ser, ignorante de los caprichos del corazón y de cuanto el ser humano pudiera sentir. Nada más verla supo que algo había cambiado y que ella... ella debía sonreír a su lado. 

Ella lo miraba de reojo, sin atreverse a levantar un instante los ojos por miedo a encontrarse con los suyos, por miedo a perderse dentro de aquel océano de sentimientos que encerraban. Él, en cambio, no podía apartar la mirada de su pelo sedoso, del rubor que comenzaba a colorear sus mejillas, de la respiración que se escapaba presurosa de sus labios... Se acercó un poco más, y sintió como si pudiese escuchar su corazón latir acelerado... Y levantó su cara para ver sus ojos del color de la hierbabuena y supo que ya no podía volver atrás... y posó sus labios sobre los de ella, como una caricia eterna... y todo cobró sentido mientras el mundo aún seguía su curso. 

El reencuentro

No sé muy bien por qué fui a aquel lugar, había decidido dejarla a su suerte, esperando que así pudiese olvidarme, olvidar todo el daño que le había causado. Creo que fue un amigo quien me pidió que la buscase, que si yo se lo pedía ella vendría conmigo hasta el fin del mundo y, en el fondo de mi ser, yo lo sabía, sabía que ella me habría seguido bajo cualquier circunstancia, por mucho dolor que aquello le causase. Ella siempre había hecho cualquier cosa por mí. 

La encontré en medio del parque. Ya nadie va a los parques y menos un día de tormenta como aquel, por eso supe que la encontraría allí. Estaba alimentando a un pequeño perro callejero, acariciándolo, hablando con él como si pudiese entenderla. Tenía el pelo empapado por la lluvia y estaba mucho más delgada desde la última vez que la había visto. Recuerdo que lo último que hice fue quitar su mano que intentaba aferrarse a mi sudadera para que no me fuese. No pude mirar sus ojos, sabía que si los miraba jamás podría apartarme de su lado, siempre habían sido mi debilidad, pero esa vez era necesario, no podía condenarla conmigo. Al verla ahora así supe que lo había hecho igualmente, solo que no estaba a su lado para protegerla. 

De repente el perro la mordió y salió corriendo. Ella permaneció inmóvil, sujetándose la mano que le había mordido y viendo cómo se alejaba. No sé cuánto tiempo exactamente permaneció así, mientras yo la miraba en la lejanía. Supongo que no me acerqué antes porque estaba luchando contra mis propios demonios para armarme e valor y hablarle. Es curioso como alguien que siempre me pareció tan indefenso podía ponerme tan nervioso. Tenía miedo de cómo reaccionaría, de si me odiaría. Quería y temía que me odiase, quizá si lo hiciese todo sería más fácil para los dos pero no podía soportar la idea... 

Finalmente, me decidí a acercarme. ¿Qué le diría después de tanto tiempo? Al escuchar que alguien se acercaba se levantó rápidamente y se giró hacia mí. El tiempo se congeló. Me miró sorprendida, como si hubiese visto un espíritu y se enjugó rápidamente las lágrimas. Se quedó unos instantes más parada y dio unos pasos hacia atrás, como un gato herido. Y antes de que pudiese decirle nada, sin darme tiempo a reaccionar, me sonrió y me preguntó cómo estaba. Lo vi en sus ojos, lo sentí en su voz. Nada había cambiado, seguía siendo mi muñequita. 

Los días de lluvia

Comenzó a oír los truenos a lo lejos, como si él la estuviese llamando a través de la tormenta. Todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo la arrastraban hasta la puerta. Miró por la ventana y ya no pudo contenerse más, se puso su sudadera, la que se había dejado allí antes de marcharse. Sentía que aún olía a él, como si la estuviese abrazando, como si fuese otra señal más. Volvió a sonar un trueno, una nueva llamada. No puedo aguantar más.
Salió a la calle y comenzó a correr, sin saber muy bien a dónde, pero tenía que correr, empaparse bajo la tormenta. Los días de lluvia siempre pasan cosas buenas. Hoy tenía que ocurrir algo, tenía el presentimiento de que por fin acabaría su sufrimiento. Quizá hoy también terminase su vida. 
El cielo se oscureció un poco más, envolviéndola con su manto oscuro para que nadie pudiese verla; la tormenta se hizo más fuerte y rugía a su alrededor como un león enjaulado para que nadie pudiese oírla... para que ella no pudiese escuchar sus propios pensamientos. No podía dejar de correr, la ciudad se iba alejando poco a poco y ella se iba internando en lo más profundo del monte, corriendo, con las gotas de lluvia navegando por su pelo. Sintió cómo las fuerzas la iban abandonando conforme la tormenta iba avanzando, ya apenas sentía su propia respiración, el latido de su corazón, solo podía pensar en él. Más rápido, tenía que correr más rápido, no podía parar, solo tenía que correr rápido hasta que tropezó y cayó al suelo, sin fuerzas para levantarse. Todo había acabado hacía mucho tiempo, en un día soleado, y ni siquiera la tormenta podría traerle de nuevo. 
Alguien la levantó del suelo y apartó los cabellos mojados que se le habían pegado a la cara. No podía ser, allí estaban sus ojos de nuevo. Lo miró, como quien mira a un fantasma, y sin poder contenerse, comenzó a llorar, a aferrarse a su olor que la rodeaba, a sus brazos que la abrazaban. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que había estado corriendo hacia él todo el rato, hacia aquel sitio que una vez compartieron. Dibujó la silueta de sus labios con los dedos. Pensó que había muerto hasta que, finalmente, escuchó su voz:
-Algo me dijo que te encontraría aquí... Siempre lo dijiste, ¿recuerdas? Los días de lluvia siempre pasan cosas buenas

La falsa moneda

Se acercó lentamente hacia el cuerpo inerte para intentar examinarlo, ignorando las arcadas que le subían por la garganta al contemplar las muñecas mutiladas. Cuando un poeta renuncia a su esencia, a la expresión de su ser, y se entrega a trabajos mundanos surgen profesionales como él. 
Lo primero que se le vino a la mente cuando vio a aquella joven tirada en la cama fueron unos versos de alguna vieja canción olvidada: "Gitanta que tú serás... como la falsa moneda, que de en mano en mano va y ninguno se la queda". Pensó en la historia que habría tras aquellos ojos sin vida y aquellas muñecas que se habían tornado ríos de liberación granate. Se imaginó una vida desdichada que había vagado de unos brazos a otros buscando un cariño que ya no existía, como el que relataban las viejas novelas, por el que se podían hacer grandes locuras. Se imaginó un torbellino lleno de ilusión por conquistar el mundo que había sido engañado y, finalmente, atrapado en esa vieja mancebía de la que no había podido escapar... ¿Cuál sería la historia detrás de aquellos cabellos azabaches?¿Qué habría atormentados esos ojos del color de la hierbabuena? 
Se acercó un poco más a ella y, sin poder evitarlo, acarició su pelo y sus mejillas y una lágrima escapó de sus ojos al pensar en la vida que habrían reflejado. Se enamoró de ella, de la fragilidad que reflejaba su cuerpo frío y ya sin vida y deseó haber podido evitarle el sufrimiento y el dolor, haber podido abrazarla y susurrar entre los mechones de su pelo que todo iba ir bien y que él podía protegerla. Ya era demasiado tarde. 

"No hay duda. La joven se ha suicidado. Pueden levantar el cuerpo"

Su propia voz le resultó extraña, como si no fuese suya sino de un ser insensible que era capaz de hablar de un alma frágil como si solo fuese un trozo de carne, como si siempre lo hubiese sido. Quizá así fue. Quizá antes de poder tener conciencia de que estaba viva ya había muerto y solo había esperado hasta hoy para poner fin a su recipiente. 
Suspiró profundamente, se quitó los guantes y dejó a sus espaldas la vieja habitación del burdel donde había muerto lo que, en su imaginación, había sido un ángel. Se encendió un cigarrillo y comenzó a alejarse de aquel lugar, rodeado por las demás meretrices curiosas, sin escrúpulos, que sólo buscaban una nueva historia para las mañanas de decadencia. El mundo había  muerto hacía años, cuando ya no se buscaba amor sino el simple roce de los cuerpos, cuando se despreciaron los sentimientos y las caricias y se le dio valor a trozos de papel impreso y monedas frías. Terminó su colilla y la tiró nada más salir de aquellos pasillos laberínticos. Salió al frío cortante de la calle, comenzó a alejarse de aquel lugar y fue difuminando en su mente la imagen del cuerpo, de la sangre, del vacío... mañana sería un nuevo día. 

Lo único que queda

Vi cómo arrancaron las tiras de su piel, llevándose con ellas la alegría. Vi cómo la golpearon hasta que no quedó en su mente un pensamiento alegre que le hiciese luchar por su vida. Ella estaba completamente perdida, había caído presa de un mundo que la golpeaba con su cruel realidad y sus verdades que rasgaban su carne como cuchillas, había caído presa en un mundo que no era el suyo, en un mundo que no perdona las ilusiones o las fantasías, que no reconoce ya ningún sentimiento bello y que está dominado por papeles impresos.
Recuerdo la primera vez que la vi. Estaba inclinada sobre una pequeña flor, sonriendo... Nunca antes había visto a nadie pararse a mirar una flor. La contemplé como quien encuentra un montón de lingotes de oro en medio de la calle, como esperando a que alguien llegue y los coja. Me acerqué y no puede evitar desear conocerla, saber quién era aquel extraño ser, de dónde había surgido, que me explicase por qué hay que mirar las flores... Jamás la entendí y no estoy seguro de que alguna vez quisiera hacerlo, solo quería estar ahí cuando todo acabase, porque sabía que alguien como ella tendría un final temprano. Fue simplemente un momento de paz en medio de la rutina, una pacífica noche en medio de tanta claridad. Era una persona única camuflada entre una multitud. Recuerdo su sonrisa triste en los días de lluvia, su manía de abrazarse a sí misma cuando algo la asustaba... Fue una de esas personas que en unos días cambió toda mi vida. Al principio simplemente la observaba pero poco a poco me fue atrapando, fue despertando en mí la curiosidad de la inocencia, hacía que todo fuese nuevo.
Me dijo que buscaba a alguien pero nunca me dijo a quién y antes de que pudiese descubrirlo ya la habían condenado, como a cualquiera que se escapaba del control establecido. Ella iba a ser destrozada, para que no quedase nada de su ser, nada que invitase a ser libre o a soñar. Aún hoy sigo creyendo que su único delito fue amar todo aquello que la rodeaba. El amor estaba prohibido desde hacía demasiado tiempo y no podían arriesgarse a que alguien más lo experimentase.
Le arrancaron cada uno de los cabellos de su pelo, que recordaban al movimiento de las hojas de los árboles mecidas por el viento; aplastaron cada uno de sus huesos; quemaron cada una de sus esperanzas... Ya apenas podía reconocerla cuando, con el último aliento de vida, sonrió y entonces comprendí todo lo que había intentado decirme todo este tiempo: nadie podría impedir que amase... nadie podría arrebatarle la esperanza.

Una nueva mirada

Hacía ya tiempo que todo había dejado de importar, de tener sentido. Ella ya sólo se movía por los impulsos de su cuerpo que hacían que las heridas doliesen un poco menos. El dolor se había hecho parte de su ser, un viejo compañero que la seguía allá a donde fuese para que sintiese que aún seguía viva, porque si podía sentir cualquier cosa, aunque sólo fuese dolor, es que lo estaba. Sentía distintos tipos de dolor a lo largo del día pero siempre intentaba mitigarlos de algún modo y llegó un momento en el que se dio cuenta de que siempre lo había sentido, desde que nació había estado con ella y había hecho cosas para que desapareciese pero, por fin, había conseguido aceptarlo como parte de ella, como aceptaba la longitud de sus piernas, el color de sus ojos, la forma de sus senos... 

Hay personas que son capaces de despertar el amor de los demás, que lo atraen, destrozando todo a su paso sin que haya ningún motivo especial para ello, simplemente son amadas por aquellos que las conocen. Ella, sin embargo, es de esas personas que buscan el amor de una forma incansable pero que nunca consiguen conservarlo. Una vez rozó el amor más puro con la punta de sus dedos, lo sintió llenando todo su ser y, como una estrella fugaz, se fue. Era feliz en medio de su dolor cuando pensaba que había conseguido tenerlo aunque ya no estuviese con ella, no todo el mundo consigue amar como ella había amado... Nadie más podría amar como ella había amado. 

Le gustaba leer las tardes de invierno en las que hacía frío, era una de las cosas que aliviaban su dolor. También tenía la manía de salir a pasear al campo los días en los que el sol se negaba a aparecer, y caminar y escribir el cúmulo de tonterías que le venían a la mente. A veces lloraba por los versos que había traído al mundo porque sabía que jamás serían amados ni apreciados, eran palabras presas de un papel blanco. Pero lo que más le gustaba, lo que más anestesiaba su dolor y le permitía dibujar alguna sonrisa, era bailar los días de lluvia. Cuando olía cómo las gotas comenzaban a caer en la ciudad, mientras todo el mundo corría en busca de refugio, ella salía a la calle y bailaba con la música sonando en su cabeza. Sentía cómo las gotas arrancaban el dolor de su piel y le permitían ser un ser puro durante unos instantes, mientras ella bailaba sin que nadie comprendiese el porqué. Y fue en un día de lluvia cuando unos ojos volvieron a posarse sobre su cuerpo, mirando cómo la lluvia camuflaba sus lágrimas y aliviaba el dolor mientras giraba en medio de una calle ya vacía. Aquel día unos ojos volvieron a enamorarse de su locura. 

El ascenso del ángel

El ángel se arrancó sus alas de terciopelo negro para dárselas. Era lo último que podía darle para que fuese feliz. Ya nada importaba, solo que ella fuese feliz. Miró el mundo en ruinas a su alrededor y eso le dio fuerzas para romper el último hueso que aún unía el ala a su cuerpo.
La creación perfecta era hoy el décimo círculo del infierno, por el que todos los inocentes han de pasar antes de ser condenados. Todo cuando habitaba en él estaba corrompido excepto ella. En la Tierra solo quedaba hambre y miseria, dolor y sufrimiento pero él conseguiría que su amor volase libre, descubriese el paraíso que no podía darle y que los dioses disfrutasen con su sonrisa. Quebró el último hueso y todo su mundo comenzó a romperse. Nunca más besaría sus labios de ambrosía, nunca más volaría a su lado... pero todo tenía sentido porque ella era ahora un ser divino, ella sería ahora feliz.
La vio volar, escapar de la muerte en vida que era vivir en la Tierra y, en su dolor, el ángel sintió paz. Ahora todo era como siempre debió haber sido. Cayó al suelo, sin fuerzas, y sonrió al pensar en su pequeña aeronauta. Por fin, había podido huir de su infierno.

Cruce de destinos

Cuando entré estaba todo estaba a oscuras. Había un silencio sepulcral que helaba la sangre y que me hizo querer salir de allí pero una belleza extraña reinaba a mí alrededor y me hizo quedarme. Aquel iba a ser el trabajo de mi vida, estaba segura. No podía desaprovechar la oportunidad de hacer un reportaje sobre aquel lugar. Por primera vez en cien años alguien podía entrar y explorarlo todo, convertir aquella vieja casona en suya y contar la historia que había tras sus muros. Yo quería ser esa persona y lo había conseguido, quería ser quien contase qué pasó allí la última vez que un alma entró por la puerta. 
Obviamente, cada una de las personas con las que me había cruzado hasta llegar aquí me habían intentado persuadir pero yo no era de ese tipo de chicas que se dan por vencidas. Cogí mi vieja libreta, mi boli bic negro y me monté en el primer tren dispuesta a encontrarme con mi destino. 
Me senté en medio del salón esperando encontrar las respuestas a todas las preguntas que se habían hecho sobre el hombre que vivió aquí antes. ¿Quién era? ¿Por qué se recluyó del mundo? ¿Qué le hizo abandonarlo todo? Había leído que tenía unos 25 años cuando se recluyó en esta vieja casona familiar y nadie sabía por qué. Unos decían que había sido por un desamor, una joven que al detener su propio corazón había quebrado también el de su joven enamorado; otros afirmaban que era un loco que quería probar la rareza de lo que allí ocurría, que se escuchaban voces que invocaban a los demonios que todos guardamos dentro... No sé cuánto tiempo estuve allí tirada, pensando y mirando a mi alrededor esperando que aquellas paredes me ofreciesen las respuestas. Y de pronto lo sentí, sentí como si de verdad aquellas paredes me hablasen y me contasen que aquella era la historia de un hombre atormentado por sus sentimientos, por el ansia de encontrar un amor que jamás existiría para él. Fue una persona que sentía el mundo de una forma extraña y eso es algo que nunca se perdona en ninguna sociedad de cualquier era. Una lágrima recorrió mi mejilla al pensar en su alma atormentada pero, por fin, su historia podría ser oída y un alma distinta había comprendido a la suya. 
Ya era hora de volver, el último tren salía en 16 minutos y no quería tener que dormir en la estación. Guardé todo lo que había utilizado en el bolso y eché unas últimas fotos para acompañar el reportaje pero cuando quise abrir la puerta ya no pude. Era como si alguien hubiese cerrado con llave. Las ventanas parecían apuntaladas. 
Sentí cómo el aire se congelaba al entrar en mis pulmones y cómo mi aliento se iba deteniendo poco a poco hasta que ya no pude respirar más. Me desvanecía sola en medio de la estancia, intentando gritar para que alguien pudiese oirme. Algo en el fondo de mí me dijo que ya estaba perdida. Mis ojos se preparaban para cerrarse por última vez y lo último que pude escuchar fue: "Al fin te he encontrado",

El secreto

Acaricié su pelo mientras aún dormía. Cuando tenía los ojos abiertos era como un coloso, capaz de conquistar el mundo con sólo proponérselo pero cuando dormía, en el momento en que la noche lo abrigaba con su manto y Morfeo le abrazaba para sumirlo en un merecido descanso, entonces, el gigante se transformaba en un niño pequeño, completamente vulnerable, vencido al sueño. En ese momento en el que dejaba de ser un dios para ser un hombre era cuando me atrevía a acariciarle, me gustaba acercarme a él y velar su sueño. 
Todo iba a terminar y él no lo sabía. Debía marcharme para nunca más volver pero no tenía el valor para mirar a sus ojos y decírselo. No iba a arruinar su vida. Esto era algo que él nunca había querido. Aún faltaban muchos años para que pudiese empezar a pensar en ello pero hay cosas que simplemente ocurren pero, por una vez, yo tenía la oportunidad de salvarle, como él me salvó a mí del abismo en el que estaba sumida. 
Suspiró profundamente. Una lágrima se escapó de mis ojos al pensar que aquella sería la última vez que estaríamos así, que mañana él me odiaría porque no sabría que todo lo que hice fue por él. Rocé por última vez sus labios con los míos, apenas un segundo, para no despertarle y salí de la casa, salí de su vida. 
Una nueva vida cambia completamente muchas vidas. 

El arte de las corridas

Ya estaban a punto de abrir las puertas. Estaba esperando a la muerte para jugar con ella, engalanado con mis mejores galas. Esto era un arte, se quejase quien se quejase, pero no había nada más bonito que bailar con aquel animal con el capote. Muchos dicen que sufre y que es despiadado pero, a fin de cuentas, ¿cómo le van a doler unos simples pinchazos? No se dan cuenta de que nació para esto.
Por fin, se abren las puertas y nos encontramos frente a frente, comienza la danza en la que uno de los dos encontrará la muerte. Sale, confuso, mirando a su alrededor, hasta que, finalmente sale al ruedo. Comienzan los picadores a picarlo, para que empiece a perder sangre y se debilite. Por fin, llega mi turno. Comienzo a bailar entorno a él, dando espectáculo a la multitud que ansía ver su sangre. Pero ya no puedo esperar más, ha llegado el momento culminante. 
Me sitúo frente a él y busco su corazón.Una vez que le clave mi cuerno en él morirá y podré salir por la puerta grande. Con un poco de suerte, el público me concederá las dos orejas y aquello que se parece al rabo. Estos humanos son animales nobles nacidos para ser humaneados, si no nos ofreciesen este espectáculo, ¿qué sentido tendría su existencia?