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Reencuentro

Ayer sus besos sonaban a ausencia,
sus susurros se veían tristes
y sus ojos sabían a olvido.

Ayer sus caricias eran azules,
mis cabellos teñían de lágrimas
y mis mejillas de ardor frío.

Ayer nacía el alba en su lejanía
y, sin embargo hoy, nace la luna
en su pecho sombrío.

Ocaso en la playa

Susurra el viento,
duerme el sol veraniego
en la orilla.

風のささやき、
夏の太陽が眠ります
海岸に.

La ventisca

No recuerdo la última vez que salió el sol. Creo que la última vez que sentí sus rayos calentar mi piel fue cuando apenas tenía seis años y mi padre me había llevado al bosque a buscar gamusinos. Corrí de un lado para otro, saltando entre las enormes ramas de los árboles mientras los rayos de sol se filtraban entre las hojas y él me gritaba que tenía que ser más rápida. Lo único que recuerdo de aquel día es esa sensación de calidez y su risa, entrecortando su voz que me avisaba cada vez que veía a uno de aquellos seres. Pero, al igual que los gamusinos, ahora el sol se ha convertido en un animalillo imaginario del que se le habla a los niños para despertar su imaginación. Ya han pasado muchos años de aquello y lo único que se puede ver en el cielo son esas horribles nubes negras de las que caen copos de nieve constantemente. Durante el día, son copos claros que caen muy lentamente, como queriendo acariciar nuestras cabezitas, tal y como lo hacía mi madre cuando me daba las buenas noches, antes de que nuestra relación se hiciese inexistente. Ahora solo nos gritamos y nos detestamos la una a la otra. Desde que papá murió, ya no me mira con ese brillo que antes llenaba sus ojos, solo me odia y me culpa de que él ya no esté con nosotras. 

Al principio, todo el mundo pensaba que las nevadas eran tardías por culpa del calentamiento global, pero que, a fin de cuentas, tampoco era tan raro que nevase a finales de marzo. Sin embargo, al llegar julio seguía nevando y nadie podía explicar el por qué. Todos mirábamos al cielo esperando que el frío fuese desplazado por el calor y que el sol hiciese su aparición entre los nubarrones. Aún continuamos mirando y lanzando suspiros al cielo para que eso ocurra. Al llegar septiembre, las nevadas comenzaron a hacerse más intensas por las noches. Al llegar las seis de la tarde, misteriosas espirales de aire y granizo penetraban en diversas casas y hacían desaparecer a todo aquel que anduviese por la calle y a quienes estuviesen en ellas. La primera noche, el número de habitantes de nuestro pueblo se redujo a la mitad. Nunca supimos qué pasaba con los cuerpos, qué pasaba con aquellas personas que no dejaban ningún rastro tras de sí, simplemente no las volvíamos a ver.

Rápidamente, el pánico inundó cada rincón, comenzaron a imponerse toques de queda, a buscar explicaciones a lo inexplicable. Muchos lo achacaron a un castigo divino, el apocalipsis que Dios nos enviaba para castigarnos por nuestros pecados. Otros, a una reacción de la tierra ante la contaminación, un modo de defenderse ante la insensibilidad del hombre que no cuida su propio hábitat. Comenzaron a fortificarse las casas, instalando pesadas contraventanas de hierro, cerrando cualquier abertura por la que pudiese entrar un suspiro de aire, tapando toda ventilación posible antes de que la ventisca penetrase en nuestros hogares. A las cinco y media ya las calles adquirían un aspecto fantasmal, hasta las 6 de la mañana del día siguiente. Todas las noches terminaba encerrada con ella en aquella espantosa casa, escuchando sus gritos de rencor hacia mí mientras se abrazaba a la botella de ginebra, recogiendo los cristales rotos cuando me arrojaba la botella ya vacía a la cabeza. Pero ya no lo soporto más. 

Espero a que se quede dormida. Escucho sus ronquidos y, antes de que comience de nuevo el caos, me escabullo por la puerta de atrás y me dirijo a casa de Rai. Aún faltan diez minutos para las seis. Me enciendo el cigarrillo mientras aprieto el paso. Siento que hoy hace aún más frío que de costumbre. No hay nadie a mi alrededor, solo se escucha el sonido del viento que comienza a enfurecerse y el rugir de la nieve bajo mis botas desgastadas. Al llegar a la casa, abro la puerta de atrás, a la que Rai le ha quitado los refuerzos de metal y me cuelo sin que sus padres puedan oírme. Se escucha de fondo la repetición del programa Gran Prix, supongo que lo emiten para recordarnos que hacía años existía algo completamente distinto a este infierno helado, algo a lo que llamábamos verano. Subo las escaleras silenciosamente y entro en la habitación de Rai. Está tirado en la cama, mirando al techo. Sin decirme nada, me mira. Me tiro encima de él y siento cómo me abraza. Comienza a desnudarme y a besarme. Sus manos me recorren completamente y le dan calor a toda mi piel erizada. Solo puedo sentir su tacto mientras se escucha el programa de fondo junto a las risas de sus padres. Sigue besándome, atrapándome con ese sabor suyo a tabaco, y, de pronto, me coje la cara entre sus manos y me mira fíjamente a los ojos. Me tapa la boca y se queda escuchando atentamente. No se oye nada. No se escuchan las risas roncas de sus padres, los aplausos del público del programa, la voz del presentador... 
Siento que algo golpea violentamente todo mi cuerpo, sacudiéndome. Ya no veo nada. Ya no huelo nada. Ya no saboreo nada. Ya no siento nada.